El martes el almuerzo se atrasó.
Cuando salimos de la escuela, mamá pudo notar que a Lucía le faltaban las medias con detalles en broderie. Le preguntó qué carajo hacía sacándose las medias en la escuela, y dónde las había dejado, pero, como siempre, Lucía se largó a llorar y dejó de hablar. Subiéndonos al auto con prisa y con torpeza, mamá nos miró con la puerta en la mano y lanzó: -Voy a preguntarle a la maestra por las medias de Lucía. ¡Se quedan acá! Lejos de querer ponerla más nerviosa, nos quedamos adentro del auto. Resultaba tentador jalar la manija del auto y, casi sin querer, terminar jugando en la puerta de la escuela con el resto de los chicos. Mamá odiaba a las mamás que se quedaban fuera de hora charlando en la puerta de la escuela, decía que vivían al pedo. Mientras ella no volvía, con Facu molestábamos a Lucía, por ser la culpable de que estuviéramos en el auto sin comer y sin jugar. Y porque siempre perdía algo distinto. Al cabo de un rato largo, mamá volvió. No dijo una palabra y arrancó el auto. Lucía todavía estaba llorando. Hasta que, al cabo de unos metros, mamá se dio vuelta y le dijo: - ¡Vos cállate! El resto del camino sólo oímos las congojas de Lucía y cómo se sorbía la nariz. Por las medias nadie se atrevió a preguntar. Y por la comida, menos. Cuando llegamos a casa, papá estaba con cara de que se iba a pelear con alguien. Yo estaba tranquilo porque ya no jugaba al tenis en el patio, y por ende, ya no rompía vidrios. Con Facu tampoco se iba a enojar tanto, porque era el más chico, y el más tranquilo. Y, por último, las medias de Lucía no eran jurisdicción suya, por esas cosas nos retaba mamá únicamente. Así que, un poco tenso por no poder descubrir qué pasaría, fui directamente a mi cuarto con mis hermanos. Mientras intentaba entretenerlos para que no oyeran, pero no tanto como para que mis padres los escucharan reír despreocupadamente, escuché que discutían. No terminé de entender, pero creo que mi papá se enojó porque había venido una factura de luz imposible de pagar. Le dijo que la iba a pagar ella, porque era la que usaba el lavarropas todos los días. Y mamá no respondió nada, o al menos no la escuché. Al cabo de un rato, dejaron de discutir, y mamá fue hasta el cuarto para avisarnos que estaba lista la comida. Bastó una mirada para que mis hermanos supieran que ésa era una de esas situaciones en las que uno dice “el horno no está para bollos”. En la mesa había una gran olla con arroz blanco. Y en cada plato había un huevo frito. Los huevos estaban impecables: una circunferencia de clara blanca como la leche, con un centrado botón amarillo casi anaranjado, cubierto por una delgada capa de cocción, que al pincharla con el tenedor liberaría el sagrado elixir sobre el arroz. Algo llamó mi atención, el huevo de mi mamá estaba roto. Mientras ella terminaba de preparar el jugo en la jarra, aprovechando que era su vecino en la mesa, cambié su plato por el mío. Mamá se acercó a la mesa, apoyó con seria suavidad el jugo, y se sentó a comer. Miró su plato. Miró mi plato. Me miró a los ojos y frunció levemente la pera. -Má, ¿te pasa algo? En ese instante la pera fruncida se convirtió en una cara y un cuerpo fruncidos, que fueron arrasados por un mar de lágrimas. Todos intentábamos averiguar qué le pasaba, pero ella sólo lloraba desconsoladamente. Como Lucía hacía un rato. Ocultando su cara, e intentando desesperadamente detenerse, mamá lloraba. Y papá disfrutaba del huevo frito con la yema intacta. Y ese día, mientras mamá lloraba, a mis once años, descubrí que mi papá era una mala persona.miércoles, 16 de junio de 2021
sábado, 5 de junio de 2021
Mundial de escritura, Día 6 (el destino de un personaje se ve interrumpido)
El día de Carmela comenzó con una llamada telefónica de su padre, quien vigorosamente la alentó: -¡Vamos que hoy es tu día! ¡Hoy se me casa la nena! Finalmente el día había llegado, luego de meses de planificar su boda con Marcos. Múltiples wedding planners, infinidad de posibilidades, dress codes, pruebas de catering y de maquillaje. Cada detalle había sido escogido minuciosamente por los novios, y sus cuatro padres. Más de una vez salían los seis enojados de algún sitio, frustrados por no poder ponerse de acuerdo. Pese a la innegable invasión de parte de los padres, la pareja disfrutaba compartir con ellos las elecciones. En definitiva, los que pagarían la mayor parte de los lujos, eran ellos. Mientras Carmela desayunaba su té de manzanilla, recibió a la maquilladora. Escogió un maquillaje suave, en tonos color durazno, que combinaría con un mono color manteca. Sobria y elegante. Por decisión de ambos, Marcos se iría temprano a la casa de su amigo y testigo de la ceremonia. Así respetarían la tradición de que el novio no vea a su futura esposa antes de casarse. Juan Cruz era amigo desde los comienzos de la pareja. Desde que estudió en la facultad con Carmela se habían hecho inseparables, y cuando Marcos apareció en su vida no dudó en incluirlo en el grupo. Mientras Carmela pasaba horas alistándose para el civil, él jugaba a la play station echado en sillón con Juan Cruz. Cerca de las once de la mañana le dio calor y se tomó una cerveza. Y otra al hilo, aunque nunca tomaba alcohol. Después de la cerveza, se entró a abañar. En la ducha fresca, un poco mareado por las cervezas en ayunas, comenzó a imaginarse cómo sería su vida a partir del día siguiente. Se casaría, tendrían un banquete, irían a estrenar el departamento, tendrían sexo cansados, y se despertaría al lado de su esposa. Para siempre. Se tomó quince minutos bajo el chorro de agua fría. Sentía que al salir, todo sucedería rápido, todo cambiaría para siempre. Fue consciente por esos quince minutos, que ese día era un día bisagra. En su historia, ese día sería uno de los destacados. Y el frío del agua. Y las dos cervezas. Cerró la canilla y se secó tarareando una canción. -¿No te pasa a veces que tenes ganas de hacer algo completamente estúpido?- le preguntó a Juan Cruz mientras salía del baño. -No me vas a decir que te arrepentiste. -No, para nada. Pero me agarró esa sensación de que tal vez no hice todo en mi vida, no sé, por ahí soy un estúpido. -¿Y qué es lo que queres hacer? -Probablemente soy un desubicado, pero ahora tengo ganas de besarte. Se miraron en silencio por unos segundos y Juan Cruz lo agarró de la nuca y lo besó desesperadamente. Se besaron con la intensidad de una persona que se casa ese día, con la adrenalina de un peligro estimulante, con la torpeza de una primera vez de dos hombres. La toalla de Marcos se cayó y no intentaron levantarla. Caminaron besándose con los ojos abiertos hasta la habitación, y se dijeron todo con los cuerpos. Los dos gozaron como nunca antes lo habían hecho. A la una de la tarde, Carmela entró al civil acompañada de su padre, y besó ligeramente en los labios a un Marcos radiante. Para las tres, eran marido y mujer. Comieron, tomaron, tuvieron sexo y se durmieron abrazados.
Mundial de escritura, Día 3 (contar una derrota humorísticamente)
Con el café cortado en la mano, y una tostada con huevo revuelto en la otra, Carla visualiza en el calendario el próximo 5 de junio. “Cae sábado”, piensa para sí misma. Termina de desayunar y vestirse al mismo tiempo, mientras que Mariano lentamente se levanta y se acerca a la cocina. Se saludan cariñosamente, pero con el apuro de una persona que debe estar en la otra punta de la ciudad en menos de cuarenta minutos.
En el camino, atorada por el tráfico, Carla tiene tiempo de pensar en el próximo sábado. Es su quinto aniversario de matrimonio, y se le ocurrió darle una sorpresa a su marido, ya que hace rato el trabajo está demandando más tiempo del que debería. Dispuesta a enmendar su ausencia en el hogar, piensa en un regalo, en una sorpresa, en un menú diferente. Algo se le tenía que ocurrir. Llegado el sábado, luego de una dura semana en el trabajo de Carla, Mariano se levantó después que ella y la saludó con un beso en la frente. Compartieron unos mates y ella salió de compras. Antes de salir, le advirtió: -A la noche ponete lindo que salimos. El plan era ir a cenar a un restaurant que a ambos les gustaba, ya que no disponían del tiempo ni del dinero para tener una gran celebración de aniversario. Sin embargo, Carla sentía que debía hacer algo distinto, por más sencillo que fuera, para demostrarle a su amado que el trabajo no podría opacar nunca sus sentimientos. Así fue como terminó dentro de un sex shop, siendo asesorada por una señora muy exótica, que explicaba muy detalladamente para qué se usaba cada artefacto y dónde se colocaba. Tratando de dejar de lado prejuicios y pudores, observó todas las opciones, y decidió llevarse unas bolas chinas. Luego pasó por una lencería y compró un conjunto de encaje negro con transparencias. La cena, el juego previo, y una noche de sexo debían ser suficientes para enmendar sus cosas con Mariano. A las diez los dos estaban listos: él eligió una camisa blanca con un pantalón color beige, y ella se puso un vestido negro sobre la rodilla con unas sandalias rojas. Antes de salir, Carla lo llamó desde el baño: -Vení amor, ¿me ayudas? - Pero, ¿no estabas lista ya? - respondió él entrando al baño. Al verla con las bolas en la mano, Mariano lanzó una risa y la beso abrazándola por la cintura. Luego la hizo inclinarse y colocó las bolas en su lugar. Sin pasar desapercibida la bombacha nueva, que ya era su favorita. Cómplices y enamorados, llegaron al restaurante, donde su reserva los estaba esperando. Se sentaron en la mesa y pidieron un vino tinto. A cada movimiento, Carla sentía el estímulo del juguete nuevo y sentía cómo su cara se prendía fuego, delatando su secreto. Al rato de llegar, ella comenzó a sentir un exceso de sudoración, y se ponía más nerviosa cada vez que las bolas se movían y la excitaban. Dando por realizada la fantasía, se dirigió al baño a retirarse el juguete para poder comer tranquila. Se las quitó, las guardó en la cartera y volvió a su mesa. Cenaron pastas, pidieron otro vino y aún faltaba la sorpresa del postre. El mozo buscó la mirada de ella a través del salón y ella asintió. Y en cuestión de segundos salió otra moza de la cocina con una torta con velas mientras sonaba el feliz cumpleaños en todo el restaurant. -No, no, ¡no es un cumpleaños! -los detuvo ella. Alterada por el error y avergonzada por el exceso de atención, Carla intentó pararse de golpe de la mesa para detener a la moza, pero enganchó con su sandalia la correa de la cartera, haciendo que cayera desparramada junto con su silla. La mano de su marido bajando el vestido para taparla hizo que volviera en sí. Y al incorporarse pudo ver su teléfono, la billetera, y todo lo que había en la cartera, incluidas las bolas chinas, en el piso. Ayudándola a pararse, Mariano intentando contener la risa, exclamó en el oído de su esposa: -Igual, es el cumpleaños más divertido que tuve.